No se ustedes, pero yo siempre he creído que el tener una mascota significa el hecho de además de cuidarla y darla la atención necesaria, implica un respeto y cariño para ese animal de compañía.
Un 30 de Abril del 2002, mi papá nos tenía una sorpresa, (que según él era para celebrar el día del niño, aunque obviamente la sorpresa era más para mis hermanos que para mí; aunque yo aún mantenía la esperanza por que me dieran algo "por ese niño que todos llevamos dentro").
Ese día salimos a dar un paseo a una plaza comercial y de repente se detuvo en una tienda de mascotas, pero solo nos comentó que si no nos gustaría entrar a ver los animales, cosa que hicimos obedientemente. Caminamos entre los pasillos y vimos varios perritos (cachorros) de raza cocker spaniel; y fue cuando mi papá nos dijo que su sorpresa era comprar un perro.
Yo siempre había querido uno, pero vivíamos en un pequeño departamento antes y no teníamos el espacio suficiente como para agregar un miembro más a la familia. Pero ahora era diferente, ya que no vivíamos más ahí.
Como cualquier pre-puber me emocione con la idea, aunque a mi mamá no le agradara ese hecho, pero a pesar de esos debates entre que sí o no, fue el Sí, el que venció; así que nos acercamos a verlos de nuevo y fue cuando elegimos al más pequeño de todos y el único cuyo pelaje era más claro que el de sus hermanos. Pagaron y le compraron una pequeña cama donde aún así parecía inmensa para ese animalito, que todo el tiempo se la pasaba durmiendo; y al que llamamos: Doggy.
En realidad el nombre de Doggy lo escogí yo, pero no recuerdo en donde lo vi o escuché, pero me gustaba como sonaba ese nombre para un perro.
Lo tuvimos dentro de casa, lo cual a mi mamá no le gusto porque dejaba mucho pelo, por lo que le compramos su casita y se quedaba afuera en el patio.
Jugábamos con él diario, corriendo de un lado a otro, a bañarlo y aprendimos a quitarnos el asco cuando Doggy hacía sus necesidades.
Esto parecía gustarnos, pero no a mi vecino de enfrente quien hasta nos demando por tener perro argumentando que "los niños se la pasan jugando con el todo el tiempo"....
...y cuando los humos se le bajaron hasta disculpas nos fue a pedir.
Dicen que a pesar de que un perro pertenece a una familia, siempre hay alguien a quien se le considerará su "Amo por ley", es decir, a quien obedece más y a quien sigue más, y para mi fortuna ese fui yo.
Doggy me seguía a todos lados brincando a mi alrededor para que lo dejara subir sus patas delanteras a mis piernas y le rascara a atrás de la oreja mientras el cerraba sus ojos, je creo que siempre disfruto de eso; y hasta una vez mordió su correa y se soltó cuando yo ya iba en el transporte escolar y el iba corriendo atrás del transporte; y fue hasta una cuadra antes de mi entonces escuela cuando lo vi y pedí al chofer que parara. Bajé, y lo primero que vi fue un perrito agotado de tanto correr (era una distancia un poco larga), y cuando le tendí mi mano, recobró el color, la alegría y la fuerza y brinco sobre mí. Me tiro, caí de espaldas y me comenzó a lamer la cara. Fue en ese entonces cuando descubrí que tan importante era yo para él, por lo que se hizo aún más importante para mí.
Me sentía orgulloso de que me considerara casi un ídolo. Salía a correr con él, y a pasar tiempo con el fuera todas las tardes, tanto que se hizo un poco caprichudo y no quería comer su comida fuera, hasta que no estuviera yo a un lado de él.
Siempre me esperaba atrás de la puerta de entrada cuando llegaba de la escuela y cuando me sentía triste o enfermo, siempre se me quedaba viendo a los ojos como si mágicamente supiera lo que me pasaba y se tendía a un lado mío, ahí para mí.
Perdonen un poco mi sentimentalismo, pero ahora que estoy recordando esto, se me hace un nudo en la garganta.
En las buenas y en las malas, Doggy siempre ahí estaba moviendo su colita que nunca me atreví a que se la dejarán cortar, fuera por estética o lo que fuere, pero esa idea no me pasaba, sentía que le ocasionaría un dolor innecesario; y que bueno que no lo hice, porque una de las cosas que más recuerdo es como movía su colita al verme.
Pasaron los años y yo crecía, y con ello las responsabilidades escolares y el equipo de natación también, por lo que mi tiempo de calidad con Doggy todas los días disminuía y en ocasiones ya no tenía tiempo para salir a caminar con él. Pero eso no le importaba siempre me buscaba y siempre estaba ahí a un lado mio hiciera lo que hiciera.
Después me obligaba a pasar tiempo con él, porque el no comía a menos que recibiera la comida directo de mi mano. No se si me reprochaba el tiempo perdido, pero yo disfrutaba de esa atención que el tenía conmigo, y cuando terminaba su comida, se tiraba al suelo y se volteaba panza arriba para que yo le rascara a manera de cosquillas. Me gustaba los gestos alegres que él hacía cuando yo hacía eso.
Cuando yo entre en la universidad mi tiempo con él se redujo mucho, yo ahora iba por las tardes a la escuela y el equipo de natación me esperaba en las mañanas, pero siempre trataba de dedicarle tiempo a mi amigo de las orejitas largas antes de irme a la escuela; e inclusive cuando yo regresaba a las casi 11 de la noche, el estaba atrás de la puerta aún esperando a que yo llegará. Brincaba y yo le pedía "la patita", el me la daba y yo le decía gracias por esperarme, y esperaba conmigo en la noche hasta que yo le decía que ya era hora de dormir. El se iba al jardín y se metía en su casita y yo me iba a mi cuarto.
Siempre fue un perro muy obediente, je bueno, al menos conmigo.
Cuando salía de vacaciones con mi familia y que Doggy se tenía que quedar obligadamente, ya fuese que lo dejáramos con algún familiar o con el veterinario (no se si tenía alguna especie de radar o algo), pero se ponía a aullar cuando nos íbamos, como si supiera que no nos veríamos en varios días.
A Doggy nunca le gusto el veterinario, siempre se resistía a avanzar con su correa cuando le tocaba vacuna o revisión o corte de pelo, etc. Siempre tenía que ir yo para que no se pusiera agresivo con el veterinario.
Cuando Doggy estaba cerca de cumplir 9 años enfermó, de una especie de parásito nos habían dicho, pero que pasaría más que con unas indicaciones en la dieta y unas pastillas escondidas en trozos de salchicha; y el mejoró a las 2 semanas pero yo le veía triste y no tenía las mismas ganas.
Seguimos frecuentando al veterinario para saber el porqué de su estado, e inclusive pedí opiniones en otros lados, pero él a pesar de estar enfermo no perdía su alegría para conmigo, pero poco a poco su salud iba decayendo, por que el parasito no se había eliminado, sino que se había desplazado y había causado infección en sus oídos y en otras partes internas de su cuerpo, y el ya no quería medicina, y se comía las salchichas pero escupía la pastilla escondida o cuando la hacíamos polvo y la revolvíamos en su comida, el ya no la quería; se ponía agresivo con todo mundo, incluyéndome.
Ahora era yo quien lo buscaba para salir a jugar y correr. Ahora era yo quien pedía que lo dejase hacerle cosquillas en la panza. Ahora era yo el que le pedía que comiera, Ahora era yo el que pedía un paseo con él. El ya no quería.
Se le veía cansado, y sus patitas se movían torpe y débilmente; caminar le pesaba, y yo no entendía que le sucedía, que podía hacer por el, por mi perro, mi Doggy, mi amigo. El no se dejaba ayudar y eso me frustraba.
Cada vez comía menos, y cada vez dormía más y sus ojitos amanecían llenos de lagañas y yo se las trataba de limpiar y el no se dejaba, hasta que me mordió el brazo. No fue grave, y lejos de sentir miedo por lo que acababa de pasar sentí tristeza, yo sabía que mis días con Doggy llegarían pronto a su fin, pero no quería que acabarán, no asimilaba la idea y no quería, simplemente no.
El 28 de Abril, los veterinarios ya me habían aconsejado que lo mejor sería dormirlo, pero esas palabras no cabían en mi mente.
Les platique a mis papás y ellos estuvieron a favor de los veterinarios y yo me sentí con mucha rabia hacía ellos, ¿Cómo podían hacerme esto?; así que salí a ver a Doggy y platique con él como si hablara con otra persona (tal vez suene de a locos, pero le conté todo). Y fue su mirada de dolor la que me dijo que él ya no aguantaba más.
Esa noche el se paro solo para recostarse sobre mis piernas con mucho trabajo y con mucha dificultad, me miró, lo abrace y me solté a llorar y el se quedo dormido en mis piernas.
Al día siguiente salí con él apenas dimos 2 vueltas a una pequeña calle y se acostó en el pasto y para mi sorpresa se giro panza arriba y dejo que le volviera a hacer cosquillas, se paró y lamió mi cara. Yo le dije que lo quería y de nuevo volví a llorar. Y había asimilado la idea de decirle adios. Ese día fue tan corto para mí.
No me importo nada ni nadie en ese momento, que pasará la gente y se me quedará viendo mientras yo abrazaba a mi perro y lloraba, nada ni nadie.
Al día siguiente un 30 de Abril, mi mamá me había mandado a pagar algunas cosas, pero tuve un extraño presentimiento cuando iba a medio camino. Me bajé del transporte y regresé rápido a mi casa. Mi mamá estaba poniéndole su correa, me miro como para pedirme disculpas por haberme engañado y yo entendí que iba a pasar y agradecí tener ese presentimiento.
No dije nada y espere haber si Doggy quería caminar y me sorprendió el hecho de que se paró y camino a mi lado tranquilamente. Y ahí ibamos los 3: Mi mamá, Mi Doggy y Yo.
Entramos con el veterinario y mi mamá hablo por mi. Nos pasaron a la plancha de revisión (a la que Doggy nunca quería subir), y Doggy subió tranquilamente y se quedo recostado en ella.
Yo solo lo acaricie y el solo me miraba, y le dije que había sido realmente importante en mi vida y que le daba gracias por lo que me había hecho pasar a su lado, que era un gran amigo, que me disculpaba por haber sido un mal dueño con él, y que me costaba mucho decirle adios y el lamió mi mano.
El veterinario entro y me pregunto que si estaba listo, a lo que yo solo asentí, pero no deje de verlo y acariciarle atrás de la oreja como tanto le gustaba; mientras el veterinario decía que ya estaba hecho y solo se limito a salir y cerrar la puerta.
Lo seguí acariciando mientras veía como poco a poco se iban cerrando sus ojitos y se alentaba su respiración, hasta que ya no los volvió a abrir.
Me quede un buen rato viéndolo, tan pacifico se veía él. Mi mamá entró y me toco el hombro pero no lloré, hasta llegar a mi casa. A Doggy lo incineraron y nunca más lo volví a ver.
Ese día por la tarde fui a la escuela, tenía examen, pero yo estaba fuera de mí. Me sentía perdido y mi mente no estaba en ningún lugar.
Cuando llegue a mi casa en la noche y abrí la puerta, Doggy ya no estaba detrás esperándome, esperando brincar por el gusto de verme. Y ano estaba para decirle que era hora de dormir. Su casita estaba vacía, y fue algo a lo que me tuve que acostumbrar. ¿Que si lo extraño?, Por supuesto. El no fue quien vino aprender, fui yo quien aprendió de él.
Perdonen si los abrumé con esto, pero hoy su recuerdo se hizo presente en mi cabeza y aún sigo con este nudo en la garganta, pero de verdad tuve una muy grande conexión con mi amigo de las orejitas largas.
Fueron 9 años que estuvo conmigo. Fueron demasiados buenos momentos que pase con él, él era mi amigo y probablemente el más leal que he tenido. El marcó mi vida como tal vez pocos lo harán, el se gano un lugar dentro de mi ser, siempre tan leal, siempre tan alegre, siempre tan Doggy.
...Y esos Gratos momentos, no tengo con que pagarlos...

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